
ASUNCIÓN NOCHIXTLÁN, Oax.- Las festividades de San Pedro, ampliamente
celebradas en territorio mixteco, transcurrieron en paralelo al
levantamiento de cruces que, en siete hogares de la región, marcaron el
fin del novenario con el que deudos y comunidades terminaron de despedir
a los abatidos por la Policía Federal.
La calenda, colorido desfile que, al ritmo de chirimía y tambor,
suele anunciar las festividades patronales en la región de Valles
Centrales, transitó por las calles de esta ciudad con Óscar Luna, su
“cargador” ausente, quien debía llevar el cirio (la carga) e iniciar con
su velación el ritual que precedía la fiesta del templo de San Pedro
Apóstol, ubicado en uno de los cinco barrios cuyos campanarios repicaron
el 19 de junio en llamada de auxilio a la disidencia magisterial.
El 27 de junio, día de la calenda, fue también día de procesiones de protesta. Muy temprano, un grupo de padres de los estudiantes de la normal de Ayotzinapa caminaron por el área en la que se inició el operativo que cobró aquí la vida, oficialmente, de ocho personas.
“El mismo asesino que participó en Iguala es el de Nochixtlán: fueron
uniformados de la Policía Federal que mataron al pueblo porque el
gobierno no quiere que protesten”, dijo Felipe de la Cruz –padre de un
normalista guerrerense– para quien Ayotzinapa y Nochixtlán están
hermanados “por la violencia del Estado”.
Llegó luego una caravana magisterial que pasó primero por Hacienda
Blanca y Huitzo, para entrar a Nochixtlán y recorrer los lugares donde
cayeron muertos y heridos los mixtecos.
–¿Por qué pasaron por Huitzo? –se le pregunta a un grupo de profesores de la caravana.
–Porque ahí también llegó la Policía Federal. Nos dispersaron
aventándonos gases desde el helicóptero y tuvimos que correr, todos
gaseados –responde una maestra.
Eran como las 15:30 horas del 19 de junio cuando los contingentes
policiacos abandonaban Nochixtlán dejando atrás un reguero de muertos y
heridos, luego de que el helicóptero –aparentemente de la Gendarmería
Nacional– atacó el incipiente bloqueo de Huitzo, logística impecable que
dejó paso libre a sus contingentes. Así llegaron a Hacienda Blanca para
desalojar a otro grupo de maestros.
En Huitzo no hubo más heridos que aquellos por el efecto de los gases
y pocos tomaron nota de esa perfecta coordinación tierra-aire, como sí
lo hicieron otros cuando la policía empezó a abrir fuego en Nochixtlán.
Vecinos que sobrevivieron a los hechos recuerdan que alrededor de las
10:00 horas de ese domingo, cuando los contingentes policiacos se
empezaron a replegar –se les habían acabado los gases y por más que las
voces de mando ordenaban avanzar, los policías huían–, bajó el
helicóptero y de repente aparecieron los agentes armados de la
Gendarmería y comenzaron a disparar, como ya lo habían hecho momentos
antes tiradores anónimos desde el hotel Juquila.
Desde entonces Nochixtlán está en zozobra. Con miedo, sin salir de
sus domicilios, convalecen decenas de personas. Temen que la policía se
los vaya a llevar si van a un hospital, según Flavio Sosa, dirigente de
la organización social Comuna.
Han pasado nueve días desde el operativo y los testimonios de
atrocidad seguían fluyendo. En Nochixtlán la normalidad se conquista a
base de apoyo comunitario, una asamblea de los cinco barrios, porque no
hay autoridad formal. Es como si intentaran sobreponerse a cada momento,
asegura Dee, un artista urbano que, junto a otros, ha decorado los
muros del lugar del operativo con grafitis de simbología mixteca.
El 27 de junio hubo dos procesiones más. El levantamiento de las
cruces, en los lugares donde se veló a Óscar Luna, “el cargador”, y a
Jesús Cadena, respectivamente. Eran las cruces de cal, formadas desde el
día de sus sepelios que, recogidas, fueron llevadas a las tumbas.
Familias en duelo
Todo se inicia con el rezo de un rosario. Ahí están los padrinos de
velas y flores. Cal, flores y veladoras son la representación de un
cuerpo en forma de cruz que se va levantando poco a poco, hasta que con
unas escobetas de vara recogen la cal, sal y limones con vinagre. Todo
va a un recipiente. Ya en el panteón, todos besan lo que fue la cruz en
despedida.
Así terminaron de despedir a Omar González, un vendedor de flores
que, para su comercio, acudió aquel domingo de tianguis a Nochixtlán,
desde Palo de Letra, una pequeña comunidad enclavada en la sierra, en el
distrito de Tlaxiaco.
A sus 22 años Omar no participaba en ningún movimiento social ni
partido político, pero tenía reconocimiento en su comunidad. Sus seis
hermanos muestran los campos a medias, que llaman cultivos. Se trata de
extensiones de bosque que Omar, con el tequio, el trabajo comunitario,
había convencido a su comunidad de reforestar.
Ese joven mixteco había encabezado también una iniciativa para la
prohibición de la caza furtiva en la montaña de la comunidad. El 29 de
junio sus hermanos levantaron su cruz.
Hace un año el padre de los siete murió. Un mes antes que Omar, había
muerto su madre. Así que en Palo de Letra, la familia González vive un
duelo persistente y los hermanos piden no ser identificados por nombre,
porque temen por su seguridad y ya no quieren otro duelo.
“Somos una familia de principios, lo que nosotros siempre exigimos es
la honestidad, y honestidad es justicia. Exigimos justicia pero también
pedimos seguridad. Sabemos de otras familias que han sido amenazadas,
intimidadas. Lo que queremos es justicia con honestidad y seguridad para
nosotros.”
Para levantar la cruz por la muerte de Anselmo Cruz Aquino, su esposa
Viridiana Diego esperó hasta el sábado 2. Lo único que ella sabe es que
el 19 de junio salió con dos de sus hermanos muy temprano, que iba muy
contento a sorprender a su padre en Nochixtlán, porque era Día del
Padre, y que dos días después se lo regresaron muerto.
Anselmo, vecino de Tlaxiaco, había trabajado en la Coca-Cola como
promotor, pero hace unos años decidió cambiar de empleo, se dedicaba a
hacer trabajos de plomería y, recientemente, administraba una farmacia.
Lo más próximo a una militancia era el motoclub Renegados, porque le
gustaba andar en motocicleta, rodar por los caminos y conocer gente de
otras partes. Dos veces por semana era árbitro de futbol.
Frente a la cruz de cal, colocada en la casa de sus suegros, en Ñuu
Yucu Tambor (Pueblo del Cerro del Tambor), Santa María del Rosario, la
viuda de Anselmo no logra entender por qué los atacaron si nada más iban
a despejar la autopista y se metieron al pueblo. Lo dice así, en
plural, porque dos de sus hermanos resultaron heridos.
“A los de arriba, como todo lo tienen, no les importa las carencias
de abajo. A los maestros les debemos mucho, que le compren a mi hijo
hasta un lápiz. ¿Por qué lastimarlos?, ¿por qué lastimarnos?”
Una de sus cuñadas interviene: “El beneficio que ellos piden es justo
porque es para todos los que no tenemos posibilidades de pagar escuela
privada. Los de arriba no entienden que es distinto las ciudades que la
comunidad”.
A su exigencia de justicia suma la necesidad. Sus pequeños, Marco
Tenor y Yared, de tres y cinco años, ya no tienen cómo salir adelante.
Lo único que han recibido en estos días es el apoyo de la comunidad y
las cooperaciones de los maestros de Tlaxiaco.
Una vez más su familia interviene: lo que no se ha dicho es que los
federales se metieron a las casas, como la del hermano de Anselmo.
Los hermanos Cruz se asomaron a ver lo que pasaba en la colonia
Buenavista de Nochixtlán. Rápido, Gilberto, uno de los hermanos resultó
herido y le siguió Anselmo. Las detonaciones continuaron. Más tarde,
Anselmo murió en el hospital.
La indignación mixteca
Como ocurre en el camino a Palo de Letra, rumbo al municipio de San
Juan Ñumí, hay terracerías que alguna vez tuvieron pavimento y que hoy
son accidentados tramos sin asfalto.
El 15 de junio los habitantes de la comunidad de San Pedro Ñumí
pidieron una colecta para los profesores. Esa comunidad pobre, regida
por usos y costumbres, enclavada en la montaña, hizo el acopio que pudo y
nombró a 34 hombres para llevar la colecta al bloqueo de Nochixtlán.
Cuando llegaron ya estaba el enfrentamiento.
Entonces murió Silvano Sosa Chávez, de 40 años, campesino con cinco
hijos, que en semanas recientes había sido electo integrante del comité
de la telesecundaria y, aunque todavía no entraba en funciones, acudió
al comité.
“Él sólo quería que sus hijos estudiaran mucho y quería apoyar la
escuela. Por eso andaba en el comité de la telesecundaria”, dice Adela
Sosa, sobrina que lo veía como padre.
Su hermano, Basilio, culpa al gobierno porque Silvano ni era
profesor, era campesino que llevaba ayuda. “El gobierno dice que los
profesores provocan problemas, pero aquí el profesor ayuda, el que causa
problemas es el gobierno, y luego, mata”.
San Pedro Ñumí está triste, dice su agente municipal Elías Chávez
Miguel, autoridad indígena de esa comunidad donde se habla mixteco. Ahí
son objeto de discriminación: indígenas, no priistas como la mayoría en
Ñumí, ni partidistas y, por si fuera poco, adventistas.
Para Elías Chávez “los vecinos abrieron los ojos, pagan más luz,
pagan más teléfono”, dice respecto a las reformas. Con su mística
indígena y religiosa, ellos supieron que los profesores llevaban más de
un mes en el bloqueo, fueron para ayudar al prójimo y les mataron a
Silvano.
Cien vecinos de la comunidad se organizaron para ir a Nochixtlán
aquel día, pero todo fue inútil. Golpeados, gaseados, con un herido de
bala y la muerte de Silvano, regresaron llorando.
“Yo lo que exijo como autoridad de San Pedro Ñumí es que el gobierno
se responsabilice, le pido como autoridad que responda, porque del
gobierno es la culpa.”
Dos días antes, el día de la caravana en Nochixtlán, los deudos
llevaban una escolta que destacaba en la primera fila del contingente.
Fungían como guardia de las familias en duelo las autoridades indígenas
de sus comunidades, llevando como única arma su bastón de mando.
Entre ellos caminaba Jaime López Rodríguez, presidente municipal de
Santa María Apazco, con todo su cabildo. Yalid Jiménez, uno de los
muertos del 19, era su regidor de salud. Como él, 20 autoridades
mixtecas solicitaron, el 25 de junio, que se hiciera juicio político
contra los responsables del operativo sangriento, calificando lo
ocurrido como un crimen de lesa humanidad.