
En respuesta, el gobierno de Enrique Peña Nieto ha mantenido un
silencio cómplice y criminal. El ocupante de Los Pinos no ha emitido
pronunciamiento alguno sobre el tema, y sus voceros han hecho todo lo
posible por evitar cualquier cuestionamiento o confrontación. La semana
pasada, Francisco Guzmán, titular de la Oficina de la Presidencia,
declaró a la agencia Bloomberg que el gobierno de Peña Nieto trabajaría
de igual manera con Trump que con cualquier otro presidente del país
vecino (véase: http://ow.ly/YZzyF).
En otras palabras, el actual primer mandatario de México se pondría a
las órdenes de Trump, como lo ha venido haciendo con el gobierno de
Barack Obama. Por ejemplo, hace unos días el jefe del Ejecutivo se
rebajó al nivel del vicepresidente estadunidense, Joseph Biden, durante
su visita a la Ciudad de México para participar en una reunión con
empresarios y oligarcas de nuestro país. Peña Nieto se reunió en privado
con el segundo de Obama durante más de una hora, y posteriormente
dieron una conferencia de prensa conjunta.
Las reglas de la diplomacia exigen que haya una estricta igualdad con
respecto a las relaciones públicas entre dos países soberanos:
presidentes con presidentes, vicepresidentes con vicepresidentes, y
procuradores con procuradores. Sería ridículo imaginar, por ejemplo, la
celebración de una conferencia de prensa conjunta en la Casa Blanca
entre Obama y Miguel Ángel Osorio Chong o Arely Gómez. Al colocarse al
nivel de Biden, Peña exhibió públicamente lo que la mayoría ya teníamos
claro: el actual primer mandatario de la nación no trabaja para el
pueblo mexicano, sino que funge como un empleado más del gobierno de
Washington y de los empresarios de Wall Street y Silicon Valley.