
Marcos Chávez M* - Contralinea
¿Están de cachondeo? Los tipos que manifiestamente han fracasado a la hora de ver el daño que podría hacer la austeridad, esos mismos tipos ¿pretenden impartir ahora lecciones de crecimiento?
Paul Krugman
En un mundo peligroso, la estabilidad fiscal ha adquirido el aura de un “desayuno de los campeones” económico
Matthew d’Ancona, The Guardian
Los supuestos efectos positivos de la
política de austeridad –que los recortes facilitan el crecimiento–
constituyen en términos generales un peligroso disparate
Mark Blyth, Austeridad. Historia de una idea peligrosa
“La austeridad es la única línea roja”, dice Yanis Varoufakis, ministro de finanzas del gobierno griego, de Syriza.
Es una línea roja indeleble.
Mudada en una aduana casi insalvable desde que los fundamentalistas, que
se encuentran al mando de los gobiernos nacionales y de los organismos
multilaterales, convirtieron a la austeridad, y la consolidación fiscal
(concepto que tanto le gusta a Agustín Carstens, pues lo repite a cada
rato), el equilibrio en las cuentas públicas, en una verdad tallada en piedra, como las tablas de Moisés.
Es la raya del ascetismo que, de
respetarse religiosamente, otorga como beneficio la “confianza” de los
“mercados”, ya que éstos tendrán la certeza de que los gobiernos
respetarán las reglas del juego y velarán por la salud del becerro de oro: no impondrán obstáculos ni impuestos ni otras medidas adversas que desalienten la esquizofrenia
especulativa financiera; asegurarán la maximización de la tasa de
ganancia del capital nacional y trasnacional; garantizarán el pago de
los intereses y el reembolso de las deudas acumuladas.
Enrique Peña, Luis Videgaray, Agustín
Carstens o Fernando Galindo la denominan como “la credibilidad en el
gobierno”, “la credibilidad en materia de finanzas públicas” (Galindo dixit). Sin ella se convertirán en los apestados del banquete neoliberal, como son los casos de la Argentina kircherista o la Grecia de Alexis Tsipras.
El trazo divisorio es nítido, según el trabajo Ajuste fiscal para la estabilidad y el crecimiento,
del Fondo Monetario Internacional (FMI, 2006). De un lado, los
irresponsables de la “política fiscal expansiva, [que] puede acarrear
inflación, desplazamiento del sector privado, incertidumbre, y
volatilidad, todo lo cual constituye un obstáculo para el crecimiento”.
Del otro, los disciplinados del “ajuste fiscal para conseguir el
crecimiento económico fuerte y sostenible, reducir la pobreza, atajar
vulnerabilidades fiscales como la acumulación de la deuda pública,
sostener [el pago] de la deuda”.
La ideología dogmática de la austeridad
para el equilibrio en los libros de contabilidad no admite el término
medio. Pese a que Paul Krugman califique a la austeridad como un
fracaso: “Una austeridad aún más dura es un callejón sin salida, después de 5 años Grecia está peor que nunca”. A raíz del ajuste acumula 5 años de recesión nada austera.
Joseph Stiglitz señala: “Es obvio que la
austeridad ha fracasado”. Con relación a Grecia, agrega que las medidas
restrictivas que se le han impuesto y pretenden imponerle otra vez son
“absolutamente indignantes” (recorte del gasto público y las pensiones,
más “flexibilidad” laboral, alza de impuestos al consumo,
privatizaciones, superávit fiscal). Los guardianes de la ortodoxia “son
los culpables de causar una gran recesión en la economía griega”. Por
ello, festeja el rechazo de ese país a esa política y alaba el camino
seguido por Argentina, que desecha el ajuste ortodoxo, obliga a los
acreedores a renegociar la deuda, rompe relaciones con el FMI y obtiene
resultados decorosos del lado del crecimiento y el bienestar social.
Aceptar una sobredosis de austeridad
“significaría una depresión casi sin fin”, según Stiglitz. Rechazarla
“abriría al menos la posibilidad de que Grecia, con su fuerte tradición
democrática, pueda tomar su destino en sus propias manos”.
Mark Blyth, de la Universidad de Brow,
se pregunta “¿cómo es que se continúa aplicando esa política de
austeridad cuando todo lo que genera es desempleo y destrucción del
producto interno bruto?”
Blyth dice en su trabajo Austeridad. Historia de una idea peligrosa:
la “presunta cura” de “la austeridad, de la reducción de los
presupuestos” que supuestamente “reduce la deuda y el déficit” fiscal,
“conduce al crecimiento y [representa] la respuesta adecuada para bregar
con los coletazos de una crisis financiera ‘no huele nada bien’”.
“Las políticas de austeridad no han conseguido más que agravar los
problemas. La idea de recortar el gasto de bienestar en nombre de un
mayor crecimiento económico y de un aumento a las oportunidades es un
insultante embuste”. “Las razones y la lógica empleadas para
justificarla, así como sus supuestos beneficios, constituyen un
peligroso disparate”.
Según Blyth, “la austeridad es una forma
de deflación voluntaria”. Es “un proceso de ajuste [económico] basado en
la reducción de salarios, precios y gasto público; que exige una rápida
disminución “de los presupuestos del Estado, de la deuda y el déficit”.
Es decir, significa una recesión
inducida, con mayor desempleo y caída de los ingresos y los precios, sin
que se resuelvan los problemas anotados por el FMI. Por el contrario,
los resultados arrojados por la Unión Europea, en especial por los
países despectivamente llamados cerdos (PIIGS: Portugal, Irlanda,
Italia, Grecia, España) y del exbloque soviético, muestran el
agravamiento de los desequilibrios que deberían de corregirse (déficit
fiscal, nivel de endeudamiento) para aspirar al subsecuente crecimiento
económico.
Para unos la línea roja es
flexible. Con tal de evitar su derrota electoral ante Podemos, en
diciembre, el español Mariano Rajoy “estudia” tomarse una licencia
fiscal contra el dogma que profesa: aumentar las pensiones y salarios,
reducir algunos impuesto al consumo y devolver parte de los pagos extra a
los funcionarios. A cambio de al menos 2.5 millones votos, el
improvisado “populista de derecha” retrasará la meta del déficit fiscal
de 4.2 por ciento del PIB este año y, quizá, la de 2.8 por ciento en
2016. Si gana, nadie duda que retomará la derechista austeridad sin
populismo, con singular brutalidad.

Curiosamente, el templo neoliberal guarda hasta el momento un sospechoso silencio ante la osadía del neofranquista. Es la complicidad ante el temblor de carnes ante el temor del “efecto de contagio” heleno.
Otros convierten la línea roja en una tosca cuerda para ahorcar a la democracia y el bienestar popular, a los detractores del ajuste fiscal.
Los golpistas técnicos de estado de la
Comisión Europea, el Banco Central Europeo (BCE) y el FMI impusieron en
el BCE a Mario Draghi, “un poeta de la privatización” (Jérôme Duval
dixit). A Lukás Papademos lo lanzaron en paracaídas a la cabeza del Estado griego (2011-2012). A Mario Monti lo montaron a horcajadas en el trono italiano (2011-2013). Ellos y otros gerentes se han encargado de administrar el ajuste fiscal y las reformas estructurales neoliberales.
De paso, evidenciaron que la llamada
democracia electoral es una farsa y que el gobierno no controla el poder
porque éste se ejerce en otro lado y lo usa para sus fines cuando es
necesario.
Al momento de escribir esta nota, el trío empleaba el terrorismo económico y mediático para fomentar la revuelta local, un coup d’etat en contra de la manzana podrida
griega, a través de la asfixia financiera, al empujar al país a la
moratoria de pagos y al abismo de la incertidumbre económica y
sociopolítica, a su marginación de los mercados de capitales.
“¿Por qué instituciones de la Unión
Europea y el FMI nos han forzado a cerrar los bancos?”, se pregunta
Varoufakis, y se responde: “Para insuflar el miedo en la gente. Y cuando
se trata de extender el terror, a ese fenómeno se le llama terrorismo.”
Ahora “usan bancos en vez de tanques”, dice el académico griego Costas Douzinas.
Nada importa que, como dijera Jürgen
Habermas, “el propio sentido del voto [que eligió a Alexis Tsipras como
primer ministro] no se presta a especulaciones: la población rechaza la
prosecución de una política cuyo fracaso ha experimentado de forma
drástica en sus propias carnes”.
El asalto orquestado en contra de los
renegados del “consenso” austero, Tsipras y Varoufakis, se debe a su
osada conversión de la línea roja en la trinchera de defensa de
la “soberanía, la dignidad y la democracia” griega, en contra del
“autoritarismo y la austeridad inflexible, severa, disciplinaria,
denigrante, sin fin, sin ninguna expectativa de recuperación social y
económica” (Tsipras dixit). A su rechazo a una mayor
desregularización del mercado laboral, más recortes a las pensiones y
los salarios del sector público, nuevas privatizaciones y alzas a los
impuestos al consumo, por considerar esas y otras medidas que implican
un sobreajuste fiscal para 2015-2017, después de 5 años de ajuste,
resultan “una nueva carga insostenible sobre el pueblo, que socava la
recuperación de la sociedad y la economía, perpetúa la incertidumbre y
acentúa aún más las desigualdades sociales”.
“Hay algo que se llama dignidad, que no
tiene precio”, subrayó Varoufakis. Otros asumen voluntariamente, sin
presiones ni amenazas golpistas o de expulsión del paraíso neoliberal, el trazo rojo
de la austeridad como algo religiosamente intocable. Prefieren
infligirse a sí mismos. Eligen amputarse voluntariamente el gasto
público no financiero, en la cantidad necesaria, para reducir el déficit
fiscal, equilibrar las cuentas y abatir las necesidades de
financiamiento, como una muestra de simbólica disciplina.
En su artículo “Francos, pánicos y
disparates”, Krugman señala: “las virtudes económicas se han convertido
en vicios: la disposición a ahorrar se convirtió en un lastre para la
inversión; la probidad fiscal, en un camino hacia el estancamiento”.
Un masoquista fiscal requiere el premio de la confianza de sus sádicos guardianes y acreedores. Los sádicos del FMI encontraron en Enrique Peña Nieto y Luis Videgaray sus masoquistas voluntarios que se regodean placenteramente en su sumisión.
Es más fácil restar, aunque sean las
mayorías las que padezcan los recortes presupuestales, que intentar
gravar más a quienes más tienen. Recién, el ecuatoriano Rafael Correa
quiso gravar las herencias y la plusvalía y volvió a percibir los
rumores conspirativos.
A raíz del colapso de 2008-2009, Keynes y
Friedman dejaron de oponerse e “interactuaron”. El Estado abrió el
gasto (para el mundo financiero) y la política monetaria se relajó. Pero
fue todo efímero.
En 1971 Richard Nixon dijo: “Ahora somos
todos keynesianos”. El economista Fabian Amico recuerda que el propio
Milton Friedman, uno de los padres putativos del monetarismo, afirmó:
“Ahora somos todos keynesianos”, aunque después matizó: “En un sentido,
ahora somos todos keynesianos; en otro, ya nadie es keynesiano”. Es
decir: se es keynesiano de palabra, pero no de esencia.
Con el colapso sistémico del neoliberalismo global –que inició con la crisis mundial de 2008– se desempolva al Keynes fiscal bastardo del gasto público para salvar no a la economía, sino a los especuladores financieros, el cual “interactúa” con un Friedman espurio e “independiente” de la política monetaria expansiva.
Pero a partir de 2011 retorna el Friedman
fiscal del recorte del gasto público y el equilibrio en las hojas del
Estado. En lugar de “ahora somos todos keynesianos”, la divisa es “ahora
todos somos conservadores fiscales”.

La caída de los precios del petróleo y el déficit público
La zalea keynesiana de 2014 se le cayó al
Videgaray friedmaniano con el desplome de los precios mexicanos del
crudo de exportación –de 98.44 dólares por barril (db), en promedio, en
2013, a 86 db en 2014, a 48.12 a mayo de 2015–, del volumen de
exportación –1.189 millones de barriles diarios (mbd) a 1.142 mbd, a
1.189 mbd, en cada caso– y de divisas petroleras –de 49 mil millones de
dólares (mmd) en 2013 a 42 mmd en 2014; de 19 mmd en enero-mayo de 2014 a
10 mmd en el mismo lapso de 2015–.
La pérdida de ingresos fiscales
petroleros, más que el aumento del gasto programable (excluye costos
financiero de la deuda pública, el Instituto para la Protección del
Ahorro Bancario, IPAB, y otros conceptos), explica el aumento del
déficit fiscal y el endeudamiento público.
En 2014, el gasto programable del sector
público superó en 241 mil millones de pesos nominales (mmpn), en 3.7 por
ciento, en términos reales, al ejercido en 2013. El del gobierno
federal en 200 mmpn, en 4.6 por ciento.
En cambio, los ingresos petroleros del
sector público cayeron en 123 mmpn, en 12.7 por ciento, en términos
reales. Los de gobierno federal en 42 mmpn, en 12.3 por ciento. El costo
de los adeudos del Estado aumentó adicionalmente en 31 mmpn.

El déficit público se elevó de 2.3 por
ciento del PIB en 2013 a 3.2 por ciento en 2014. El del gobierno
federal, de 2.3 por ciento a 2.9 por ciento. El primario (el programable
menos los intereses de la deuda pública) de 0.4 a 1.1 por ciento. El
endeudamiento público aumentó en 170 mmpn. Pasó de 2.3 por ciento del
PIB a 3.2 por ciento.
La permanencia de la caída en los
ingresos fiscales petroleros en 2015, el aumento del costo financiero,
el desinterés por elevar los impuestos directos (impuestos a la renta a
los que más ganan), pero no por los del consumo –a partir de julio
Hacienda se aplica en el cobro del 16 por ciento en el impuesto al valor
agregado (IVA) a 28 productos de comida rápida o alimentos preparados
que eran evadidos por algunos minisúper y tiendas de autoservicio
(emparedados, tortas, lonches, gorditas y pizzas, entre otros), y la
pésima planeación económica de Hacienda, entierran el remedo
keynesiano de Videgaray. Le obligan a recurrir a la receta tradicional:
la estricta ortodoxia presupuestaria, el recorte del gasto público no
financiero, para reducir el déficit fiscal, que pretende equilibrarse en
lo que resta del sexenio peñista, y el endeudamiento del Estado.
De manera acumulada, el gasto programable
creció en enero-mayo de 2015: el del sector público presupuestario
aumentó en 7.4 por ciento, en términos reales, con relación al mismo
lapso de 2014 (146 mmpn más), y el del gobierno federal en 9.6 por
ciento (165 mmpn).
En ese mismo lapso, el costo financiero
de la deuda del sector público se elevó 35 por ciento (en 24 mmpn más), y
el del gobierno federal en 6 por ciento (en 4 mmpn), y los ingresos
petroleros de aquel bajaron en 194 mmpn, 41 por ciento, en términos
reales, y los de éste, en 28 mmpn, 10 por ciento.
Como es natural, los caminos encontrados
entre el ingreso y el gasto elevan adicionalmente el déficit fiscal
público y del gobierno federal en 101 mmpn y 28 mmpn, en 121 por ciento y
31 por ciento reales.
La revisión mensual del gasto en lo que
va del año permite observar su tendencia real declinante a partir de
febrero, luego que a finales de enero Hacienda anunciara un ajuste por
124 mmp, el 0.7 por ciento del PIB, los cuales 62 mmp corresponden a
Petróleos Mexicanos, 10 mmp a la Comisión Federal de Electricidad (CFE),
y el resto a las diferentes entidades gubernamentales.
Como se observa en los cuadros adjuntos,
el gasto programable real del sector público, que representa el 79 por
ciento del total, muestra una declinación sensible desde marzo y el
renglón más afectado en la inversión productiva, y que en mayo registró
una caída de 17 por ciento con relación al mismo mes de 2014. El gasto
corriente, en cambio, muestra una elevación de 8.9 por ciento, en
especial de servicios personales (7.6 por ciento) directos e indirectos y
otros conceptos. Lo mismo ocurre con el gasto no programable, sobre
todo en el renglón del costo financiero de la deuda, el cual se dispara
en 66 por ciento.
En el gasto programable del gobierno
federal, el correspondiente a los entes autónomos (aumentó 35 por ciento
real en mayo) destaca el alza presupuestal a institutos como el
electoral o el de telecomunicaciones. Por el lado de la administración
pública descentralizada (4 por ciento) se presenta una reducción en las
áreas como las del sector agropecuario, salud, medio ambiente o trabajo.
La clasificación funcional del gasto
público muestra las áreas más afectadas y, por añadidura, de los
sectores económicos. De enero a mayo acumula un aumento real de 7 por
ciento, con relación al mismo lapso del año anterior. Pero en mayo
muestra una variación positiva anualizada de apenas 0.9 por ciento, por
lo que no sería extraño que en los meses restantes de 2015 muestre
mensualmente signos negativos.
Durante mayo pasado, el gasto interanual
de gobierno presentó una caída significativa real, aunque en el
acumulado de enero-mayo, aún es positivo. Los conceptos beneficiados son
la coordinación de la política económica de gobierno y relaciones
exteriores. En cambio, la erogación para seguridad nacional e interna y
justicia ya resiente los recortes de Hacienda. ¿Ello explica, en parte,
que los militares presenten una piel muy sensible a cualquier crítica?
Globalmente, el gasto social real no
evidencia una afectación hasta el momento: en mayo aumentó 13 por ciento
con relación al mismo mes de 2014. No obstante, su cuantía está
distorsionada por el alza inusitada en la educación, asociada a la contrarreforma peñista en la materia. Si se excluye a ese concepto, entonces el gasto social ya presenta decrementos reales en abril y mayo.
El gasto más castigado corresponde a
protección ambiental, vivienda y salud. El relacionado con cultura y
protección social ya empiezan a mostrar los signos de la austeridad.
Con el presupuesto en desarrollo
económico ocurre lo mismo. Los más perjudicados son el ramo agropecuario
y asuntos económicos y comerciales.
Por desgracia, hasta el momento, el
programa de austeridad ha sido insuficiente para mejorar el perfil del
balance público, garantizar el pago de los adeudos financieros del
Estado y reducir las necesidades de financiamiento interno y externo.
El balance primario (gasto programable
menos costo financiero) ha crecido significativamente: en 310 por ciento
en términos reales en enero-mayo, al pasar de 23 mmp a 96 mmp.
El ajuste exige que dicho balance sea superavitario en el monto necesario para asegurar la cobertura de los adeudos públicos.
Marcos Chávez M*, @marcos_contra
*Economista
[CAPITALES]
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Contralínea 447 / del 27 de Julio al 02 de Agosto 2015