El aumento al precio de los combustibles, anunciado por el presidente Peña Nieto el pasado 28 de diciembre, desencadenó una serie de hechos, algunos explicables y lógicos; otros muy oscuros. El gasolinazo enardeció a la gente. Esta vez el enojo acumulado durante años y años de abusos de poder no se quedó en las redes sociales, sino que salió a las calles y a las carreteras de todo el país. Pero las marchas, protestas y bloqueos protagonizados por ciudadanos airados de pronto se vieron contaminados por actos vandálicos (bajo sospecha de estar orquestados por las autoridades): saqueos a comercios, rumores de asonadas o cuartelazos… y entonces llegó el miedo, un capaz de paralizar las movilizaciones sociales. Ante un riesgo real de estallidos populares ese miedo le cae como anillo al dedo al sistema.
8 enero 2017 | José Gil Olmos | Proceso






































