Editorial-La Jornada
La abdicación de Juan Carlos de Borbón al trono de España, conocida desde meses atrás en la intimidad cupular del poder político de ese país, tiene todas las trazas de una operación de control de daños y limpieza de imagen cuidadosamente calculada en todos sus detalles: desde las líneas de la renuncia dirigidas al jefe de gobierno, Mariano Rajoy, hasta el mensaje televisado del monarca a la opinión pública, pasando, desde luego, por la circunstancia elegida para hacerla pública: cuando la economía pasa por un respiro en medio de la catástrofe y en momentos en que el jefe de Estado parece recuperarse de su larga cadena de achaques y accidentes.
La abdicación de Juan Carlos de Borbón al trono de España, conocida desde meses atrás en la intimidad cupular del poder político de ese país, tiene todas las trazas de una operación de control de daños y limpieza de imagen cuidadosamente calculada en todos sus detalles: desde las líneas de la renuncia dirigidas al jefe de gobierno, Mariano Rajoy, hasta el mensaje televisado del monarca a la opinión pública, pasando, desde luego, por la circunstancia elegida para hacerla pública: cuando la economía pasa por un respiro en medio de la catástrofe y en momentos en que el jefe de Estado parece recuperarse de su larga cadena de achaques y accidentes.