viernes, 23 de septiembre de 2011

Fin de la sociedad centrada en el trabajo pagado y visiones de futuro

La Jornada Opinión - Economía Moral | Viernes 23 Septiembre 2011
La primera entrega de esta serie (24/6/11) se subtituló La automatización puede llevar a la degradación social o a la edad de oro y en la mayoría de las entregas de la serie he explorado el impacto de la automatización en el desempleo.

Hoy miro el lado luminoso acudiendo al importante libro de Radovan Richta, et al., La Civilización en la Encrucijada (Artiach, Madrid, 1972) escrito en la Checoslovaquia de la primavera de Praga (1968) y del cual cité dos párrafos clave en la entrega del 09/9/11, que caracterizan la Revolución Científico-Técnica (RCT): “los instrumentos de trabajo se convierten en complejos autónomos de producción”; se modifica radicalmente el lugar ocupado por el hombre que se traslada a las etapas pre-productivas; abriéndole la posibilidad de “consagrarse a una actividad creadora, a la expansión de sus capacidades”.



Esta obra explora las posibilidades que abre la RCT para la superación de la enajenación y para el florecimiento humano. Parte de la importancia del trabajo (como medio de subsistencia y de realización esencial humana) y observa sus cambios para prever las mutaciones en las demás esferas de la vida humana. El trabajo simple (aquel que todo ser humano puede realizar sin preparación especial), realización material de la relación salarial, que se convierte en una realidad práctica en la producción industrial clásica en cadena, señala Richta, formó la base de la civilización industrial en la cual “el trabajo está separado del hombre, como mera necesidad externa, simple medio de una existencia cuya razón de ser está fuera del trabajo”. “Dado que el trabajador no se puede realizar en el trabajo, sus intereses y obligaciones se forman fuera del mismo, en la esfera del consumo. El tiempo libre se convierte en una ilusión y a menudo, al trabajo embrutecedor corresponde un ocio del mismo tipo”. Añaden brillantemente:
“…en tanto el trabajo no sea una riqueza para el hombre, será al contrario la riqueza la que se convierta en el móvil del trabajo. Por el hecho de que la actividad socialmente útil en forma de trabajo no constituye para los hombres una necesidad interna, sino sólo una necesidad de subsistencia externa (o una obligación social), las necesidades del hombre están contenidas en la esfera privada. Sólo la superación del conjunto de las condiciones fundamentales del trabajo, en última instancia la reducción y modificación sensible del trabajo industrial, es la llave de los cambios sociales y técnicos. Sin ellos el círculo de la civilización contemporánea queda cerrado”.

Miran hacia el ‘socialismo’ que les tocó vivir: “Las formas materiales del socialismo se fundan en el trabajo tal como está constituido en el sistema industrial que heredó, por lo cual en el hombre socialista reaparece el desgarramiento interior: a consecuencia de los límites industriales del trabajo: el hombre no se realiza en él como un ser creador, en desarrollo; no lo siente como una necesidad directa; no encuentra en él un enriquecimiento; en él no vive. Es por esto por lo que la sociedad socialista no podría acomodarse a los límites abstractos del trabajo heredados del desarrollo industrial. Como se ve, Richta y coautores llegan a la fuerte tesis de que el socialismo es incompatible con el sistema industrial.

Pero aquí es donde la RCT abre la gran esperanza, puesto que mientras el “tipo predominante de obrero en la producción industrial mecanizada es el del obrero-operario manejando máquinas o atrapado en el engranaje de la cadena”, la automatización compleja va liberando al hombre de su participación directa en el proceso de producción, de su papel de simple ‘engranaje’ y le ofrece, como contrapartida, el de promotor, creador y dirigente del sistema de producción”. Esta gran esperanza es descrita en profundidad:

“Podemos esperar que el proceso de la RCT hará, en primer lugar, desaparecer el trabajo de ejecución (hombre que sirve al mecanismo), para atacar inmediatamente después a la actividad de regulación y de control; es decir, absorberá el trabajo industrial simple que no constituye una necesidad para el hombre, sino que viene impuesto por una necesidad externa. Por otra parte, una vez que el hombre cesa de producir las cosas que las mismas cosas pueden producir en su lugar, se abre ante él la posibilidad de consagrarse a una actividad creadora que movilice todas sus fuerzas, que tienda a la investigación de vías nuevas, a la expansión de sus capacidades. [Véase en la gráfica como cambia la estructura de calificación del empleo con el progreso técnico]. La difusión general de este tipo de actividad humana marcará de hecho la superación del trabajo. En efecto, una vez que las formas materiales de la actividad humana le dan el carácter de manifestación activa de sí, la necesidad externa, determinada por la necesidad de subsistencia o por la obligación social, cede su lugar a la necesidad interna del hombre; en ese momento, la actividad humana se convierte en una necesidad del hombre, que existe para sí y le enriquece; entonces desaparece la contradicción abstracta entre el trabajo y el placer, entre el trabajo y el tiempo libre: la actividad humana se confunde con la vida.

Los autores sostienen que la RCT es incompatible con el capitalismo y tiene una correspondencia básica con la tarea central del socialismo (pp. 138- 142):

El mundo capitalista aceptará el proceso de transformación del trabajo mientras se desarrolle sólo en algunas empresas o algunos sectores, mientras no tome proporciones universales y pueda compensarse con el crecimiento del trabajo industrial en otros sectores. [En Estados Unidos] se quiere preservar, ‘en interés de los hombres’, el trabajo simple, con una ‘política activa’ que se oriente a compensar las consecuencias de los cambios técnicos con artificiales procesos de industrialización extensiva. La alienación que reside en el trabajo es, de este modo, llevada al límite de lo absurdo: los hombres, preocupados por no convertirse en superfluos, mantienen el nivel de trabajo que sus propias fuerzas creadoras hacen cada vez más superfluo. El sistema industrial tradicional les ha reducido de tal manera a la condición de simple fuerza de trabajo, que se identifican ellos mismos con tal condición; el trabajo que les limita, que les abruma, que les quita la vida, les parece ser la única garantía de una existencia libre, e incluso de la vida misma.

La misión civilizadora propia del socialismo es comenzar la transformación general del trabajo humano. El concepto de Marx y Engels de la ‘superación del trabajo’ distingue su humanismo del de todos sus predecesores. En conclusión, para superar la alienación del trabajo son necesarias tanto las transformaciones en las relaciones sociales de producción como en el carácter del trabajo humano. En el análisis de Richta y coautores es clara la vigencia del materialismo histórico: la contradicción entre desarrollo de las fuerzas productivas y relaciones sociales de producción se manifiesta en la incompatibilidad entre la automatización total y las relaciones capitalistas de producción, cuyo sistema salarial se comprimiría al extremo con la automatización total porque los robots no perciben salarios ni necesitan consumir. Si el valor generado se distribuyera sólo entre el capital y la limitada mano de obra calificada que éste seguiría empleando, no habría suficientes compradores de los bienes producidos que podrían crecer exponencialmente. El desarrollo de las fuerzas productivas compatible con el capitalismo llega a su fin. La expansión industrial hacia el tercer mundo para capturar la muy barata y dócil mano de obra es una salida temporal; pero las trasnacionales ya están automatizando sus plantas en el tercer mundo.