Enrique Calderón Alzati | Opinión-La Jornada
Al estudiar la llamada reforma educativa, uno se percata pronto de que no se trata de un cambio para mejorar la educación y corregir los múltiples errores conceptuales y metodológicos del sistema educativo, esto para la mayor parte de la población con un poco de criterio es hoy bastante claro, sin embargo no lo fue para el Congreso de la República, que en unos cuantos días y sin mayores cambios la aprobó sin siquiera cambiarle el rimbombante e inadecuado nombre impuesto por el gobierno de Peña Nieto, nombre que desde una posición crítica no es tampoco una “reforma”, sino un retroceso, así como la aceptación de un fracaso del mismo gobierno, en tanto que optó por regresar a la estructura centralizada que operaba hace 25 años.



